Que se lo digan a María que ayer cumplió veinte añazos, a ver si no ha sido nada... y no es que se haya hecho largo, pero sí tengo consciencia del tiempo que ha pasado -y de las cosas acontecidas en ese tiempo- desde aquel sábado de 1991.
Recuerdo el principio: sus ojos negros abiertos de par en par, su carita de boliviana que me invitó a llamarla "mi niña del altiplano", la música de Mozart que calmaba su llanto... Era la música que le ponía antes de que naciera, con los cascos bien enganchados en mi vientre, al final de la jornada : un concierto para vasos que luego, una vez ya en este mundo, le serenaba porque -que no os quepa la menor duda- la reconocía.
Recuerdo, más adelante, que esa carita de niña andina se convirtió para unos en carita de india, para otros en carita de árabe, o en carita de cubana -según las maneras de mirar y de recordar de cada cual- que me llevaron a concluir que Megwita tenía la suerte de llevar toda la belleza del mundo en su rostro...
Recuerdo los primeros pasos, y los primeros días de guardería, y las primeras lecturas, y luego las segundas y las terceras y...
Recuerdo la adolescencia feroz y los primeros años de facultad hasta llegar, recientemente, a su primer año fuera de casa.
Hay quien añora la infancia de sus hijos. Por mi parte, y tratándose de la ya veinteañera, me gusta verla crecer y comerse la vida a bocado limpio, aunque es cierto que a veces me roza -y hasta me sobrecoge- la nostalgia de las sesiones de lectura en "la cama grande", las dos abrazadas la una a la otra y ambas al libro del momento, las mañanas en que la despertaba metiéndome en su cama y abrazando su cuerpecillo aun lleno de sueños, el calor de su mano cogida a la mía cuando salíamos a la calle... Esa mano...
Y, hablando de manos, un regalito para ella y para los demás: un relato de Carmen Laforet titulado "Al colegio!" que espero disfrutéis.
Felicidades, reina. Love you so deeply.
No hay comentarios:
Publicar un comentario